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Cantando bajo la lluvia

El mundo River está feliz. Tanto, que ya no se acuerda de las voces contrarias. De las cargadas. De las ondas negativas. Piensa es gozar este presente embriagado de éxitos. Es la tercera Copa Libertadores. Es la que añoraron por 19 años. Esa que alzaron anoche para volver al firmamento de los equipos grandes. De esos que pueden empezar mal una competencia pero a medida que pasa se van haciendo fuertes. Y, de pronto, pegan el golpe y sacan pecho. Por eso son grandes.

 

A este River campeón de América 2015 habría que analizarlo desde que empezó este torneo. Largó con una primera fase problemática que terminó con su clasificación por un guiño de ojo del propio Tigres que le ganó al Aurich peruano y permitió el pase a octavos de final.

 

Y ahí lo esperaba Boca. El Boca que venía agrandado como el mejor de los primeros. Y River le ganó en el Monumental. Después fue a la Bombonera y por un hecho que nada tiene que ver con el fútbol, jugó sólo un tiempo. Eso sí, aquel Boca goleador no le pudo hacer un gol en esos “tres tiempos” jugados.

 

Después apareció Cruzeiro de Brasil. Que inclusive le ganó en el Monumental. Pero River fue a Brasil y le dio una lección de efectividad, goleándolo. Ya agrandado, eliminó en semis a Guaraní de Paraguay.

 

Hasta que llegó la final. Se trajo un empate desde México ante el Tigres que ya conocía. Y anoche, sufrimiento lógico de por medio, largó a puro nervio y logró la ventaja cuando caía el telón del primer tiempo. Con ese cabezazo bajo de Alario, que entró a la carrera. Y fue explosión. Grito contenido. Felicidad pura.

 

Y qué decir del segundo tiempo. Porque la lluvia se hizo más intensa. Igual que la reacción de los mexicanos, que salieron a jugársela. Todo eso aguantó River. Y lo cerró en cinco minutos de efectividad total. Primero con un penal del uruguayo Sánchez, que él mismo hizo que se produjera. Y después con el cabezazo frontal de Ramiro Funes Mori, uno de los emblemas de este equipo. Lo mismo que el arquero Barovero. El amor propio y fervor de Ponzio y Kanevitter. El notable rendimiento del Pelado Sánchez. En realidad, todos. Porque hasta ese técnico como Marcelo Gallardo, que lo vio desde las tribunas y que cuando entró tras el final fue ovacionado, pertenecen a las entrañas Millonarias. A esa camiseta blanca con la franja roja que le baja por el pecho pasando por el corazón.

 

Tanta alegría junta conmueve. Esas casi 70.000 personas que se olvidaron que llovía lo dice todo. Que saltaron, bailaron y gritaron. Este campeón se merecía esto. Que su gente se fuera cantando bajo la lluvia…

 

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