Inicio » Destacados » LA VEJEZ, LA HERMANDAD Y EL TIEMPO SEGÚN LOS AFRICANOS

LA VEJEZ, LA HERMANDAD Y EL TIEMPO SEGÚN LOS AFRICANOS

Por el Prof. Aníbal Gotelli (ARGENTINA)  Presidente de la #ALACER.

Cuando me propuse escribir acerca del valor de la vejez, la hermandad y el tiempo para los africanos, de inmediato recordé mis tiempos de estudiante universitario cuando, luego de especializarme en Ceremonial, me dediqué a los estudios de las Culturas Comparadas. 

Por aquél entonces, si hubo un tema que me apasionó desde el primer momento, fue la diferente valoración que entre las diversas culturas se hacía sobre los adultos mayores y la vejez, sobre su trascendencia social y sobre su jerarquía y preservación social. 

Mientras en nuestra sociedad, la vida de los adultos mayores queda muchas veces  librada a la buena de Dios, a sus propios esfuerzos de subsistencia o a la ayuda de su progenie, en otras culturas ser viejo era un orgullo, era jerarquizante y sobre todo, otorgaba una valía social extraordinaria. 

En aquel entonces ingresó en el universo hoy hiperpoblado de mi memoria una frase que me resultó reveladora y por demás explicativa de ese orgullo por la senectud que en las culturas más tradicionales observaba. 

Un diplomático africano, amigo mío y por el que siento desde entonces un gran respeto personal e intelectual, Gerome Flegbo Guebi (de la Côte d´Ivoire), me dijo: “Cuando en Africa un viejo se muere, es como si toda una biblioteca se quemara”. 

Comencé a descubrir que el viejo de la tribu era el memorioso de los suyos, era el depositario de las glorias pasadas de su etnia, el referente de la cortesía social étnica, de las normas de respeto de su comunidad y, en general, de todo cuanto de trascendente debiera ser decidido o explicado desde el vértice crucial africano de la Cultura. 

Así descubrí uno de los trazos fundamentales de la supervivencia de una cultura africana que, sin contar con escritura, había permanecido intacta y sin intoxicación occidental desde sus orígenes hasta nuestros días: el respeto a la vejez. Más aún, cuando las enfermedades, la ausencia de medicinas y las guerras inter-tribales hacían tan difícil llegar al más avanzado de los estadíos de la adultez. 

Otra de las características de las culturas más primitivas que más me llamó la atención y sobre la cual profundicé mis estudios, era la de la presunción innata de la hermandad social. En efecto, todo miembro de la etnia se dice naturalmente hermano de sus pares. Hoy en día, cuando un africano, o en general cualquier persona proveniente de una cultura tradicional similar, desea destacar el afecto o el aprecio hacia un semejante le dice “hermano”. Ser “hermano” es la mayor de las características que uno de aquellos elevados espíritus culturales puede darnos a nosotros. Y más aún, cuando nos llaman “hermano mayor”, la jerarquía es elevada al grado sumo, porque no sólo se es un par, un miembro más de la familia, la tribu o la etnia, sino además, un hermano mayor, al que se reconoce además la jerarquía natural de la precedencia en la vida. 

Otras de las premisas culturales que también despertaron mi pasión por los estudios comparados fue la del manejo del tiempo en las culturas tradicionales. Por aquél entonces también mi amigo africano me dijo: “¿Sabes tu cuál es el motivo por el cual ustedes los occidentales son impuntuales?, porque creen que nacieron para ser eternos, que tienen la eternidad para hacer todo lo que quieren hacer.”

Y fue por esta premisa que también entendí el manejo del tiempo en sociedades culturalmente superiores, aunque económicamente menos desarrolladas en apariencia. Mi amigo africano profundizó aún más la idea africana del respeto por el tiempo ajeno: “Si ustedes supieran la hora exacta en que van a morir, no perderían ni un segundo esperando, ni permitirían que nadie los haga pasar por largas colas y penurias para recibir algo que por derecho les corresponde. Si supieran la hora exacta en que van a morir, no perderían ni un minuto, porque cada minuto perdido es un minuto menos para hacer un testamento, para despedirse de los hijos, para dar el último beso a sus seres amados…”. 

Y entonces comprendí que, en estas sociedades culturalmente más desarrolladas el ladrón de tiempo es considerado el peor de los ladrones, porque roba algo que no tiene resarcimiento por vía alguna, ni económica, ni legal, ni de ninguna otra especie. El que en esas sociedades roba tiempo, roba porciones de vida, roba horas, minutos y segundos del bien más preciado que puede llegar a tener un ser humano. 

Estos seres tribales, aparentemente primitivos para la mirada occidental, viven con la convicción absoluta de que no son eternos, de que han venido a la vida para morir de manera inevitable, y que el paso de la vida debe ser lo más provechoso posible, tanto para ellos como para sus semejantes, para su comunidad y para su cultura. 

Por desgracia nosotros, los occidentales, no tenemos noción verdadera de que la muerte es una consecuencia inevitable de la vida. De que al robar el tiempo de nuestros adultos mayores le estamos robando el más preciado de los bienes que todavía le están quedando. Pensamos que al esperar en la cola de un banco sólo están esperando la apertura de la puerta, o que cuando esperan que se les pague algún retroactivo que por ley les corresponde sólo están esperando la habilitación legal o bancaria de un pago. 

Y con sólo recordar estas pocas cuestiones de aquél entonces me di cuenta, al querer escribir este artículo, que aquellos espíritus tribales tradicionales que el Ceremonial me había llevado a estudiar, habían solucionado mucho antes que nosotros, quizás varias centurias antes la problemática de la protección de la vejez. 

Primero, consideran a sus viejos como pilares fundamentales de su sociedad, sin los cuales esa misma sociedad no puede subsistir. Segundo, consideran a todo viejo como un hermano, como un igual, no como un sobreviviente del pasado sino como un par con plena vigencia de sus derechos grupales y de su igualdad respecto de los demás miembros activos de su sociedad. Tercero, un viejo no espera jamás, sino que es esperado. Y que no puede esperar porque le queda poco, muy poco del más preciado de los bienes que todavía conserva de la vida. Ser considerado hermano, ser considerado socialmente fundamental y ser preservado de las esperas interminables a las que cotidianamente se los somete. 

Seamos un poco más africanos. Esa es premisa fundamental, la base de cualquier programa de mejoramiento de la situación vital de nuestros adultos mayores para que podamos reconocer, de una vez por todas, la verdadera jerarquía social de la vejez.

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*